La medicina como religión

 

 

Que la ciencia se ha convertido en la religión de nuestro tiempo, aquello en lo que los hombres creen, ha sido evidente desde hace tiempo. En el Occidente moderno han coexistido y, hasta cierto punto, siguen coexistiendo tres grandes sistemas de creencias: el cristianismo, el capitalismo y la ciencia. En la historia de la modernidad, estas tres «religiones» se han entrelazado necesariamente varias veces, entrando en conflicto de vez en cuando y luego de diversas maneras reconciliándose, hasta llegar progresivamente a una especie de coexistencia pacífica y articulada, si no a una verdadera colaboración en nombre del interés común.

El nuevo hecho es que entre la ciencia y las otras dos religiones se ha reavivado sin que nos demos cuenta un conflicto subterráneo e implacable, cuyos resultados victoriosos para la ciencia están hoy en día ante nuestros ojos y determinan de una manera sin precedentes todos los aspectos de nuestra existencia. Este conflicto no se refiere, como en el pasado, a la teoría y los principios generales, sino, por así decirlo, a la praxis cultual. De hecho, la ciencia, como toda religión, conoce diferentes formas y niveles a través de los cuales organiza y ordena su propia estructura: la elaboración de una dogmática sutil y rigurosa corresponde en la praxis a una esfera cultual extremadamente amplia y capilar que coincide con aquello que llamamos tecnología.

No es de extrañar que el protagonista de esta nueva guerra de religión sea aquella parte de la ciencia en la que la dogmática es menos rigurosa y el aspecto pragmático más fuerte: la medicina, cuyo objeto inmediato es el cuerpo vivo de los seres humanos. Intentemos fijar las características esenciales de esta fe victoriosa con la que tendremos que lidiar cada vez más.

 

1) La primera característica es que la medicina, al igual que el capitalismo, no necesita una dogmática especial, sino que se limita a tomar prestados sus conceptos fundamentales de la biología. Sin embargo, a diferencia de la biología, articula estos conceptos en un sentido gnóstico-maniqueo, es decir, según una exasperada oposición dualista. Hay un dios o un principio maligno, la enfermedad, precisamente, cuyos agentes específicos son las bacterias y los virus, y un dios o un principio benéfico, que no es la salud, sino la curación, cuyos agentes cultuales son los médicos y la terapia. Como en toda fe gnóstica, los dos principios están claramente separados, pero en la praxis se pueden contaminar y el principio benéfico y el médico que lo representa pueden equivocarse y colaborar sin darse cuenta con su enemigo, sin que esto invalide de ningún modo la realidad del dualismo y la necesidad del culto mediante el cual el principio benéfico libra su batalla. Y es significativo que los teólogos que deben establecer su estrategia son los representantes de una ciencia, la virología, que no tiene un lugar propio, sino que se sitúa en la frontera entre la biología y la medicina.

 

2) Si esta práctica cultural era hasta ahora, como toda liturgia, episódica y limitada en el tiempo, el fenómeno inesperado que estamos presenciando es que se ha vuelto permanente y omnipresente. Ya no se trata de tomar medicinas o someterse a una visita médica o a una intervención quirúrgica cuando sea necesario: la vida entera de los seres humanos debe convertirse en el lugar de una celebración cultual ininterrumpida en todo momento. El enemigo, el virus, está siempre presente y debe ser combatido incesantemente y sin descanso posible. La religión cristiana también conocía estas tendencias totalitarias, pero sólo afectaban a unos pocos individuos, especialmente a los monjes, que elegían poner toda su existencia bajo la bandera de «orar sin cesar». La medicina como religión retoma este precepto paulino y, al mismo tiempo, lo trastoca: donde antes los monjes se reunían en los conventos para orar juntos, ahora se debe practicar el culto con asiduidad, pero manteniéndose separados y a distancia.

 

3) La práctica cultual ya no es libre y voluntaria, expuesta sólo a sanciones de orden espiritual, sino que debe volverse normativamente obligatoria. La colusión entre religión y poder profano no es ciertamente nueva; lo que sí es nuevo, sin embargo, es que ya no se trata, como en el caso de las herejías, de la profesión de los dogmas, sino exclusivamente de la celebración del culto. El poder profano debe asegurar que la liturgia de la religión médica, que ahora coincide con toda la vida, se observe puntualmente en los hechos. Que se trata aquí de una práctica cultual y no de una exigencia científica racional es inmediatamente evidente. La causa de mortalidad más frecuente en nuestro país es, de lejos, las enfermedades cardiovasculares, y se sabe que éstas podrían reducirse si se practicara una forma de vida más sana y si se siguiera una alimentación particular. Pero ningún médico había pensado nunca que esta forma de vida y de alimentación, que recomendaban a los pacientes, se convertiría en objeto de una normativa jurídica, que decretaría ex lege lo que se debe comer y cómo se debe vivir, transformando toda la existencia en una obligación sanitaria. Precisamente esto se ha hecho y, al menos por ahora, la gente ha aceptado como si fuera obvio renunciar a su libertad de movimiento, al trabajo, a las amistades, al amor, a las relaciones sociales, a sus convicciones religiosas y políticas.

Se mide aquí cómo las otras dos religiones de Occidente, la religión de Cristo y la religión del dinero, han cedido la primacía, aparentemente sin combatir, a la medicina y la ciencia. La Iglesia ha renegado pura y simplemente de sus principios, olvidando que el santo cuyo nombre ha tomado el actual pontífice abrazaba a los leprosos, que una de las obras de misericordia era visitar a los enfermos, que los sacramentos sólo pueden administrarse en presencia. El capitalismo por su parte, aunque con cierta protesta, ha aceptado pérdidas de productividad que nunca se había atrevido a contabilizar, probablemente esperando llegar más tarde a un acuerdo con la nueva religión, que parece dispuesta a transigir en este punto.

 

4) La religión médica ha tomado sin reservas del cristianismo la instancia escatológica que éste había dejado caer. Ya el capitalismo, secularizando el paradigma teológico de la salvación, había eliminado la idea de un fin de los tiempos, sustituyéndola por un estado de crisis permanente, sin redención ni fin. Krisis es originalmente un concepto médico, que designaba en el corpus hipocrático el momento en que el médico decidía si el paciente sobreviviría a la enfermedad. Los teólogos han tomado el término para indicar el Juicio Final que tiene lugar el último día. Si se observa el estado de excepción que estamos viviendo, se diría que la religión médica combina la crisis perpetua del capitalismo con la idea cristiana de un tiempo último, de un eschaton en el que la decisión extrema está siempre en marcha y el fin al mismo tiempo se precipita y se aplaza, en un intento incesante de poder gobernarlo, pero sin resolverlo nunca de una vez por todas. Es la religión de un mundo que se siente en el fin y que sin embargo es incapaz, como el médico hipocrático, de decidir si sobrevivirá o morirá.

 

5) Al igual que el capitalismo y a diferencia del cristianismo, la religión médica no ofrece perspectivas de salvación y redención. Por el contrario, la curación a la que aspira sólo puede ser provisional, ya que el Dios malvado, el virus, no puede ser eliminado de una vez por todas, al contrario, muta constantemente y asume nuevas formas, presumiblemente más riesgosas. La epidemia, como sugiere la etimología del término (demos es en griego el pueblo como cuerpo político y polemos epidemios es en Homero el nombre de la guerra civil), es ante todo un concepto político, que está a punto de convertirse en el nuevo terreno de la política —o de la no-política— mundial. Es posible, en efecto, que la epidemia que estamos experimentando sea la realización de la guerra civil mundial que, según los politólogos más cuidadosos, ha tomado el lugar de las guerras mundiales tradicionales. Todas las naciones y todos los pueblos están ahora permanentemente en guerra consigo mismos, porque el invisible y escurridizo enemigo con el que están luchando está dentro de nosotros.

Herramientas del confinamiento

Herramientas del confinamiento

Hace algunas semanas si alguien hubiera dicho que más del 30% de la humanidad estaría confinada en su casa, hubiéramos pensado que era un friki cercano a la paranoia… ¡pero ha sucedido! Un fantasma recorre el mundo, como en el Manifiesto Comunista, un fantasma de miedo, un fantasma vírico, un fantasma de explotación, dominación de precariedad y… ¡de muerte!.

Y ha pasado sin la respuesta vigorosa que el clima insurreccional que había en el mundo a finales de 2019 y principios de 2020 hacia esperar, al contrario, el confinamiento ha servido de eficaz apagafuego y ha extinguido, al menos temporalmente y en apariencia, las revueltas del Libano, de Iran, de Chile…

A pesar de todo en Chile se han vivido episodios de revuelta a finales de marzo con la huelga general y el dia del joven combatiente, ha habido saqueos en Italia, altercados y enfrentamientos con la policía en varios puntos de Andalucía (“barrios conflictivos” de Málaga, Cádiz y Sevilla) y en Canarias, disturbios en Bruselas (estos fueron gordos, quemaron comisarias y coches de policía) y en París; en Alemania y EE.UU manifestaciones masivas. Al mismo tiempo que en todos los sistemas penitenciarios del mundo se suceden los motines, las huelgas y las protestas contra la cárcel como sistema de exterminio.

Dejando aparte el origen de la epidemia, sus efectos sobre la economía (el trabajo y los beneficios), sobre el consumo y sobre el llamado estado de bienestar queremos centrar la mirada en sus efectos sobre el control social, porque como otras muchas cosas, el control social no será el mismo después de toda la experiencia práctica que habrán sacado del confinamiento de millones de personas.

Experiencia tecnológica, experiencia organizativa y experiencia psicológica que en este caso va más allá del control social y llega casi al control mental, toda esta experiencia permitirá mejorar las herramientas y crear otras nuevas.

LAS HERRAMIENTAS TECNOLÓGICAS.

El estudio de movilidad a partir de los datos de las operadoras telefónicas:

Las herramientas con más uso y que, seguramente, serán las que se perfeccionarán son la geolocalización y la identidad individual.

El 28 de marzo se publicó en el BOE (Orden SND 297/2020, BOE num.86 de 28/3/2020) una orden en la que se encargaba a la Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial, desarrollar una App “de autoevaluación” y geolocalización centrada en la epidemia, un chatbot vía whatsapp y, finalmente, un estudio de movilidad para identificar los desplazamientos durante el período de emergencia.

Son dos temas parecidos, los aplicativos por un lado y el análisis vía big data de los millones de datos de los operadores. Hay una diferencia, en el primer paquete se pide a sus usuarios que activen la geolocalización con el GPS, en el segundo se geolocaliza usando la triangulación de las antenas.

La ventaja del sistema del GPS es que es más preciso, su desventaja que se necesita la cooperación del usuario. Contrariamente, el sistema de triangulación no necesita cooperación, pero es más impreciso.

La precisión del método de triangulación va 100 a 1.000 metros, dependiendo de la densidad de antenas, en zonas muy pobladas la densidad es mayor, así que en las ciudades es donde el método es más preciso, ahora con el 5G (que usa una densidad de antenas mayor) la precisión mejorará y por tanto su valor para el control social “mejorará”.

El uso de este método no es ninguna novedad, de hecho se han realizado dos estudios de movilidad

uno del Instituto Nacional de Estadística en noviembre y diciembre del año pasado (y este verano) y hace unas semanas un piloto del estudio a nivel estatal.

El uso policial de este método está avalado por la ley 25/2007 del 18/190/07 de conservación de datos relativos a las comunicaciones electrónicas y a las redes públicas de comunicaciones. Esta ley habilita bajo control judicial que las Fuerzas de Seguridad del Estado y el CNI puedan requerir estos datos a las operadoras, curiosamente la directiva europea en la que se basa dicha ley (2006/24/CE) fue anulada por los tribunales europeos sin que esto haya tenido consecuencias en su aplicación, solo que se supedite al nuevo reglamento de datos (GDPR).

Así pues el decreto derivado de la emergencia (297/2020) no supone nada significativamente nuevo, los datos estarán “anonimizados” a partir del IMSI ((Identidad Internacional del Abonado Móvil, código de identificación integrado en la tarjeta SIM), todo lo anonimizada que pueda estar una línea de teléfono.

Los datos no se podrán usar para imponer multas administrativas (como es la rotura del confinamiento), aunque el cretino de Marlaska ya nos avisa que (previa autorización judicial) están pensando en usarlas. No se gravan los contenidos de las comunicaciones, más por dificultad técnica que por legalidades.

De hecho la legalidad del decreto (igual que la del anterior estudio estadístico de la movilidad del INE) ha sido puesta en duda por numerosos juristas.

El decreto 297/2020 es inocuo?… ¡NO!. Por una parte es un ensayo de metodologías de análisis de grandes cantidades de datos, análisis en los que el Estado Español (la institución gubernamental, no las empresas) no está muy familiarizado, es también un ensayo de colaboración con las operadoras, de hecho, los datos forman parte del capital de estas empresas (los venden, los compran y los alquilan) y son remisas a compartirlos… y una manera a irnos acostumbrando a esta intrusión en las comunicaciones. Finalmente una vez se ha iniciado un proceso de toma y análisis de datos, con todos los protocolos y mecanismos asociados en marcha y optimizados, suele ser imposible detenerlo y lo que ahora es un análisis que llega al nivel municipal, pase a ser de barrio, de sección censal… i individual, sólo es cuestión de tiempo, recursos y excusas (emergencias sanitarias, de catástrofes naturales, de terrorismo…)… la plasmación del sueño autoritario del estado.

La geolocalización a través de App’s.

En cuanto al uso de las App’s específicas del coronavirus (la mayoría App’s anteriores lo suelen hacer) se trata de geolocalizar a los usuarios y cruzar los datos con los datos de salud que, de momento, facilitan voluntariamente. Anteriormente otras aplicaciones dependientes de estamentos gubernamentales (desde ministerios a ayuntamientos y empresas de transporte) nos pedían la geolocalización con la excusa de ofreceros servicios, pero nunca cruzados directamente con datos tan sensibles como los de salud.

El grado de intromisión de estas aplicaciones varia mucho según los países:

-En Corea del Sur App envía alertas, permite monitorizar la localización de los infectados.

-En Taiwán la App avisa a la policía en caso que una persona salga de casa o apague el móvil, movilizando a los agentes en 15 minutos, la policía llama dos veces al día para prevenir que dejen el móvil en casa.

-En Singapur la aplicación informa cuando el usuario ha estado a menos de 2 metros de una persona durante 30 minutos o más, con lo cual el gobierno puede alertar cuando una de estas personas es sospechosa de estar afectada.

-En Israel tienen una aplicación “pública” en forma de App desde la que se puede consultar si has tenido contacto con alguien, y otra, que permite a los servicios de seguridad hacer un seguimiento de los sospechosos de estar afectados.

-En Hong Kong a los extranjeros en tránsito se les coloca una pulsera localizadora que avisa de cambios de ubicación

-En Vietnam la aplicación no solo avisa a la policía si te alejas de tu domicilio sino también a los vecinos.

-Irán también tiene su aplicación (con la que ha recogido datos y geolocalización de 4 millones de ciudadanos) pero las tiendas de aplicaciones la han suprimido por “rastrear los movimientos de la población” (¿!).

-A la UE les actuaciones son muy variables y curiosamente están bastante retrasadas, desde Polonia donde se exige a los confinados (por prescripción médica) a mandar selfis periódicamente y el gobierno pide selfis aleatoriamente, si no se hacen les visita la policía (¡!), hasta Alemania donde están ensayando la conexión de las smartbands (los chismes esos que conectan el cuerpo con el teléfono).

-En el estado español hay una app común que en principio no pide la geolocalització, una en Euzkadi la COVID-19.eus, la CoronaMadrid y otra en Cataluña la STOP COVID 19 CAT que sí que pide la geolocalización. Hay también una iniciativa no gubernamental en código abierto la Open Coronavirus, parecida a las de Corea. No parece que vaya a dar el salto a la calle por no haber conseguido apoyos entre las instituciones.

El número de app’s es muy variable y depende sobretodo del tamaño y la estructura del país, los países federales pueden tener más app’s, como las 21 de la India, las 6 de los EUA o las 3 de Alemania y España.

El efecto de las app sobre la libertad y la privacidad está por ver, pero no parece que las perspectivas sean muy halagüeñas.

El rastreo a través de Bluetooth.

La geolocalización a través de las antenas o de los GPS de los móviles en combinación con las app’s tienen limitaciones. Por una parte legales (sobretodo en Europa) y las debidas a la resistencia a la intromisión del estado y las corporaciones sanitarias en la intimidad sanitaria. Y por otra parte la necesaria colaboración de los usuarios.

Frente a esto han surgido varias iniciativas, en total, de momento 5, algunas claramente privadas como la conjunta de Google y Apple, otras estrictamente gubernamentales como Blue trace de Singapur y la mayoría mixtas entre instituciones (universidades, gobiernos, centros de investigación…) y algunas empresas y fundaciones privadas, TCN-Coalitión grupo internacional, con miembros de EUA, Alemania, Italia, Reino Unido…, otro es el DP-3T europea, más adelantada ya que ha publicado un prototipo, y, finalmente la que parece que se lleva el gato al agua que es la Pan European Privace Preserving Proximiti Tracig PEPP-PT (nombre estrafalario y tramposo donde los haya), la PEPP-PT está formada por más de 130 miembros de 8 países (Bélgica, Dinamarca, Francia, Alemania, Italia, Suiza y España) y la lidera el Instituto Alemán de Telecomunicaciones (HHI).

El sistema consiste en que dos teléfonos, cuando están próximos (pongamos que a 2 metros o menos) durante n tiempo determinado (por ejemplo a partir de 5 o 10 minutos) intercambian unos códigos únicos y encriptados, estos códigos son almacenados durante un tiempo (por ejemplo un més) y a medida que pasa el tiempo (por ejemplo a partir de un mes o 20 días) se van borrando y reescribiendo los nuevos.

A partir de aquí comienza la parte más crítica, una persona que tiene activado el sistema es diagnosticada, a partir de aquí, se supone que voluntariamente, se transfieren los datos de los contactos a un servidor en la nube y la cosa queda en manos de la “autoridad sanitaria”, se advierte a los posibles afectados?, se les obliga a confinarse en un sitio determinado?, se controla periódicamente a los confinados?… tanto Apple/Google como PEPP-PT dejan este punto en manos de cada país…

Para hacer más golosa la cosa, tanto Apple como Google proponen integra el procedimiento de rastreo en sus sistemas operativos, ya sea directamente en los nuevos o mediante las actualizaciones, todo ello “supeditado a la aceptación de cada usuario”, de este modo no se necesita descargar ninguna app de una tienda, ni proceder a instalar nada. Hay que tener en cuenta que entre Android y iOS dominan más del 97% del mercado de sistemas operativos.

Este método de rastreo seria operativo en cualquier país, sin problemas de compatibilidad, un enfermo de una nacionalidad (por ejemplo cheka) es diagnosticado en el Reino Unido, los sistemas de salud de los dos países recibirían la información.

Para que esto funcione es necesario que el usuario consienta (todos sabemos como de fácil se aceptan sin leer las advertencias de las actualizaciones e instalaciones) y que se tenga activado el bluetooth, aunque con la popularización de periféricos conectados por este sistema cada vez son más los teléfonos que lo tienen activado continuamente.

Igual que en el caso del seguimiento por antenas una vez puesto en marcha las consecuencias son impredecibles (o no!) y su extensión a otros usos es segura.

Otros sistemas de geolocalización.

Hay toda una serie de métodos que, de momento se usan sobretodo en zonas comerciales y en edificios donde se necesita geolocalizar, son los LPS (local positioning systems) para el posicionamiento indoor donde no suele alcanzar el GPS.

La mayoría se basan en el posicionamiento por puntos de wifi, por balizas bluetooth de baja energía (iBeacons) por sistemas de RFID. Estos artilugios suelen ser instalados por los “estudiosos” del marketing en comercios y los responsables de seguridad de infraestructuras diversas (hospitales, aeropuertos…).

El reconocimiento facial y la visión artificial térmica también se han usado, sobretodo en China, las novedades en reconocimiento vas desde la identificación de personas sin mascarilla en multitudes hasta la identificación de las personas con mascarilla…

Hay más métodos para localizar a las personas, uno muy generalizado (lo han usado durante el confinamiento en Corea del Sur) los datos de las tarjetas de crédito y otros medios de pago electrónico (que no están anonimizados por definición y no quedan amparadas por las leyes de protección de las comunicaciones aunque si por las de la privacidad), la actividad registrada en los contadores inteligentes de agua o de electricidad también dan datos usables.

Otro artefacto geolocalizable es el automóvil, desde el eCall (obligatorio desde 2018 en los vehículos nuevos), hasta los que se instalan como complemento de las pólizas de seguros y los instalados en flotas comerciales y corporativas. Cuando el eCall este generalizado, aunque solo se usará en caso de accidente no deja de ser una “infraestructura” ya instalada y usable para otras finalidades.

La identidad digital.

El uso masivo de los dispositivos móviles para controlar a la población tiene un inconveniente, el dispositivo está asociado a alguien que paga las cuentas que no es forzosamente el usuario, la identidad del usuario real no queda asociada al dispositivo, pueden ser menores, otros miembros de la familia, trabajadores de una empresa y, en el caso de los de prepago, alguien totalmente ajeno.

Fijar la identidad al dispositivo es una necesidad urgente para culminar el proyecto de control social, de hecho el sector financiero y el del e-comercio, ya hace un tiempo que ha acoplado los dispositivos a la identidad, preparando el camino a la abolición del dinero físico.

Durante esta pandemia los Estados  están utilizando las herramientas del control con más descaro que nunca aprovechando su instauración desde hace décadas. Usando las plataformas digitales, internet, app’s como una forma de transformación de las instituciones clásicas. De esta forma, se trasladan a un no lugar siendo invisible manteniendo una sensación de libertad, pero presentes 24 horas al  día en nuestras vidas gracias a nuestra conexión constante a Internet.

Al estar encerrados en casa estamos conectados más que nunca, por , esto, las instituciones tienen más acceso que nunca a nuestros datos. Los recopilan, analizan, monitorizan la posición y el movimiento de enormes  partes de la sociedad. Gracias a esto pueden crear perfiles para prever nuestro comportamiento, vigilarnos mejor, en resumen, tener mejor control sobre la sociedad y los individuos. Este proceso que categoriza las personas tiene  como resultado una identidad algorítmica que no es más ni menos que nuevos estereotipos que fomentan aún más la discriminación.
Entre el Documento de Identidad y el dispositivo móvil hay un abismo de posibilidades y eficiencia a la hora de configurar la identidad algorítmica. Los documentos de identidad tipo tarjeta, por muy digitales que sean, tienen un problema de almacenamiento, de capacidad de computo y de comunicaciones que no los hace eficientes a la hora de codificar posición, actividad e incluso opiniones del portador.

La fusión entre la acreditación de la identidad y los móviles , que ya es una realidad en diversos países del este de Asia, empieza ha desarrollarse en la Unión Europea.

Concretamente en Francia, donde el Ministerio del Interior a través de la Agencia Nacional de Documentos Securizados (ANTS) ha desarrollado una prueba piloto de identidad algorítmica a través del móvil, mediante el reconocimiento facial. Esta aplicación para el móvil tendrá la misma validez que las tarjetas de identidad y de residencia y permitirá efectuar más de 500 gestiones administrativas (y es de suponer que financieras). De momento su uso será voluntario, pero la tendencia a la digitalización por coerción, comodidad, inconciencia o estupidez, hace temer que en un futuro próximo será generalizado.

El confinamiento ha tenido dos efectos destacables (entre otros), por una parte la experiencia en el uso y recopilación de datos, que nunca el sistema estatal y sanitario había tenido a este nivel, por otra profundizar en la aceptación de este control, aceptar que el estado entre en tu casa, en tu bolsillo y en tu vida.

LAS HERRAMIENTAS ORGANIZATIVAS.

La organización moderna de las sociedades se basa en la estructura sostenida por una red de las distintas instituciones. Más que un edificio (que es su estructura física) las instituciones se puede considerar como prácticas colectivas, puesto que se crean y perpetúan gracias a las actividades humanas. Son una forma de organización de la sociedad y un sostén de la estructura social y cultural. Son transhistóricas, se transforman a lo largo del tiempo, inculcan valores y suplen ciertas necesidades de los miembros de la sociedad. Se expresan a través de la acción de los individuos y también así alcanzan sus objetivos gracias a su estructura burocrática y automatizada.

Las instituciones están organizadas de forma jerárquica y son un instrumento para eximir de todas las responsabilidades con la excusa de la obediencia a los superiores. Se pasa la responsabilidad de uno a otro en cadena y nunca hay ningún responsable de verdad.

De hecho, la organización de nuestra sociedad es de este tipo:  la división de trabajo es muy compleja, nadie conoce el objetivo final de su actividad, pero obedece porque piensa que hay alguien que lo sabe. Por ejemplo, las enfermeras que deben obedecer las decisiones de los médicos, aunque sepan que son negativas para los pacientes, los médicos que deben tomar la decisión a quién realizar un test de Covid19 o a quién ingresar en la UCI según los criterios que impone la dirección del hospital, etc. Éste razonamiento y organización viene de la concepción burocrática de las instituciones y, por lo tanto, también penetra en la sociedad. La burocracia busca ejercer control total sobre la realidad para manipularla y moldearla a través de un esquema único y estandarizado. Para ello tiene a su disponibilidad distintas herramientas, como disciplina, autoridad, legitimación y jerarquía.

La forma burocrática de funcionamiento es fría, conformista e inflexible para el cambio, es decir, inflexible con la creatividad para buscar soluciones para imprevistos frenando la innovación y mejoras. Según Foucault hay dos paradigmas de poder: el jurídico que tiene su origen en las leyes, viene de arriba hacia abajo, reprime, excluye, encierra a todos los que no lo respetan; el otro es el paradigma estratégico que es una red que no deja espacio para la libertad, no reprime sino controla, vigila, regula, gestiona. No cierra, sino que trata de devolver la normalidad. Utiliza, recompensa y legitima, un liderazgo experto, depositario de la información y coercitivo.

La situación de pandemia es un contexto histórico en el que el poder actuando estratégicamente construye y la sociedad, con los individuos que la componen, no son libres sino parte de este contexto que refleja que en nuestra sociedad la obediencia se considera un valor y la ciencia una autoridad por ser el poder legítimo de experto que la usa por el bien de la humanidad (los expertos epidemiólogos que deciden si nos quedamos confinados o podemos empezar a hacer “desescalada” que a su vez siguen los protocolos diseñados por otros expertos de la OMS).

Las personas han perdido su libertad creyendo que participar en el entramado burocrático de las instituciones les permite salvar la libertad y la vida, guiadas por el discurso institucional de los dispositivos del poder. Éstos empiezan por los políticos, fuerzas de seguridad, pasando por los medios de comunicación que son su herramienta más utilizada, siendo un instrumento creado para sostener y proteger la realidad política, económica y social dominante del grupo mayoritario de poder y terminando en los propios vecinos( que nos vigilan desde los balcones).

El discurso ya empieza con el hashtag “#quédateencasa” dejando entender que de esta manera vamos a salvar vidas,  hacemos algo grande y bondadoso, por lo tanto, todo el que se lo salta es un potencial homicida. Son los roles que nos impone la realidad del confinamiento; de los que se quedan confinados y los que se saltan el confinamiento; los buenos y los malos. Inconscientemente actuamos según estos roles, los asumimos y los reproducimos y ya que la acción moldea la identidad acabamos siendo lo que hacemos.

La epidemia ha sido aprovechada por el estado para poner (ya veremos si temporalmente) por primera vez desde la transición todas las fuerzas armadas (y coercitivas) del estado bajo un mando central, los 132.000 militares, los 149.000 efectivos de la Guardia Civil y Policía Nacional, los 66.000 policías locales, los 26.000 policías autónomos y los cuerpos  dependientes de ministerios como Hacienda, los 1.900 del Servicio de Vigilancia Aduanera o los 6.000 Agentes Rurales. El tiempo de emergencia sirve para reforzar la “cadena de mando” la “cadena de obediencia”

Durante confinamiento al ser limitados nuestros movimientos también se limita definición del nuestro “yo”, por lo tanto, hay una transformación de identidad del humano del siglo XXI a más obediente y a tolerar mejor las limitaciones de su libertad y de los demás con un discurso de fuerza mayor. Se construye historia oficial de las instituciones la cual se impone a las narraciones propias sobre de la identidad de cada de nosotros. De esta forma, las instituciones garantizan sus objetivos sobre modelar la sociedad y legitimizan lo que hacen y todo lo que hacen es por el bien nuestro. Convocar un estado de alarma es por nuestro bien, para prevenir expansión de enfermedad, la UME está para desinfectar las ciudades del virus y montar los hospitales y la Policía para vigilar que nadie no incumpla y salga para contagiar a los demás. Nuestro rol es quedar en casa y obedecer pasivamente. Cualquier desobediencia, es decir, saltarse confinamiento, es interpretada como demostración de la necesidad de uso de los dispositivos del control y represión (la violencia policial, presencia de los militares, controles, etc.).

   ¿Cómo las personas asumimos la legitimidad de una institución? El proceso que lleva a esto se llama institucionalización. Es un proceso largo y es producto histórico de actividades de las personas. Las instituciones las consideramos hechos objetivos y en realidad se han construido y se construyen por una actividad humana recíproca.

El hecho de que aceptemos la actuación del ejército, aplaudamos cuando Policía pega a una persona que se “saltó confinamiento” o nos resignemos cuando digan a nuestra madre que no cumple criterios para administrarle un respirador y la mandan a casa es el fruto de socialización con las instituciones y sus discursos. Ahí es cuando realmente se manifiesta una institución: gracias a los roles sociales que cada uno cumplimos, es decir, los que cumplen con el rol de militares, policías, personal sanitario que “solo hacen su trabajo” obedeciendo las reglas de la institución a la que pertenecen y los individuos que nos sometemos a su tratamiento. Formamos una sociedad instituida y las instituciones se crean, estabilizan y perpetúan en nuestro imaginario colectivo gracias a los significados simbólicos que para nosotros representan autoridad, De este modo, les cedimos el poder porque nos creemos incapaces de modificar nuestra concepción del mundo. Hemos delegado a las instituciones y hemos dejado que decidan por nosotros.

LAS HERRAMIENTAS PSICOLOGICAS.

En primer lugar, una persona no es un individuo solo, que piensa de forma independiente, todos nuestros comportamientos, identidad, etc. están configurados y adquieren un sentido dentro de la sociedad en la que se encuentra. En segundo lugar, es por ello que somos capaces de crear influencia igual que la recibimos. Todos interpretamos y actuamos según las normas y valores sociales que aprendemos desde la más temprana infancia. Las normas y valores son reguladas por las recompensas y sanciones.  No todas sanciones y recompensas son explícitas como una multa de tráfico, su significado y función son sociales y morales, por lo tanto, las normas y valores se vinculan con la identidad de las personas lo que significa que una persona no se puede separar de las normas que rigen cualquier situación. Las normas son guías de comportamiento en la sociedad, regulan su funcionamiento. Por ejemplo, las normas implícitas serían: saludar al vecino con el que nos cruzamos en el portal, no ir desnudos al super o no aplaudir a la Policía.

Cada grupo tiene sus normas y las personas que los forman se ajustan a ellas para seguir perteneciendo al grupo. En el grupo encontramos afinidades con personas a las que percibimos como parecidas a nosotros. Es decir, clasificamos las personas según las experiencias aprendidas y las emociones que están vinculadas a ellas que, por tanto, regulan el aprendizaje. Sin embargo, la percepción de otros no es una conducta individual, lo hacemos colectivamente construyendo, de esta forma, la realidad. Las personas con frecuencia nos basamos en las opiniones de los demás y sobre todo en las del grupo de pertenencia (familia, grupo de amigos, compañeros del trabajo, vecinos, minoría étnica, religiosa, etc.).

Por lo tanto, una ruptura de las normas implica sanciones formales e informales hasta llevar a la prisión o al ostracismo. Además, es más fácil descalificar a la persona que incumple las normas en vez de pensar si tiene razón y arriesgarnos de ser excluidos del grupo. Es por ello que cumplimos con lo que nos imponen, aunque la realidad actual de estado de alarma sea lo más surrealista que nos pudiera pasar. De este modo, las normas se cumplen bajo presión grupal o, en un conflicto entre la norma de no mostrarse diferente ante los demás y la norma que considera la objetividad como un valor (Samuel-Lajeunesse, 2009). Esto lleva al pensamiento grupal que evita el conflicto a cualquier costa para mantenerse aparentemente unido, polarizando las decisiones o buscando punto medio ante el miedo a una enfermedad desconocida y el futuro incierto.

Las normas son la esencia del funcionamiento de un sistema y ahora más que nunca son necesarias para sostener el orden institucional establecido. De este modo, las normas son mecanismos de control social y retarlas deja en peligro a quedarse aislado, por esto, hay una tendencia a conformismo y a dejar todo en manos de los políticos, fuerzas de seguridad y del personal sanitario.

Las normas se aprenden gracias al uso del lenguaje (la herramienta de comunicación social más sofisticada) el cual permite penetración de los discursos sobre lo que es prescrito y proscrito dentro de una sociedad (quedarse en casa, no saturar Urgencias). Un discurso es un conjunto de valores e ideas construidas en forma de prácticas lingüísticas o imágenes que emiten las instituciones con el objetivo de crear e influir modelos mentales en una sociedad. Por ejemplo, actualmente se está introduciendo el discurso de la “nueva normalidad” para que estemos dispuestos aceptar y con gratitud (!) las limitaciones de nuestros derechos y libertades cuando por fin nos dejarán salir a la calle. Así que, los objetivos de los discursos son prácticas colectivas y los   resultados se pueden observar en la interacción entre los individuos que dan significado a sus acciones de una forma más o menos consciente.

 Para mantener la dignidad la única forma es resistir, es decir, hacer prácticas de libertad para impedir influencia externa. Tanto la obediencia como la resistencia no son procesos individuales sino colectivos. Los diferentes valores compiten para imponerse en la sociedad: los del poder a través de las instituciones transmiten los suyos y los de los grupos minoritarios que intentan resistir y construir su propia versión de la sociedad, cambiar sus normas y cómo son las personas.

Aquí no son tan importantes las acciones de las personas sino la capacidad de sus discursos para calar en gran parte de la sociedad. El lenguaje permite acceder a los universos simbólicos, construir conocimiento colectivo, es un instrumento para crear nuevas experiencias y modelar los conocimientos ya existentes. Por lo tanto, permite construir nuevas realidades. La resistencia reside en romper con el imaginario colectivo que cede el poder a las instituciones creando otras representaciones de la realidad y modificando de esta forma imaginario instituido.

La obediencia de un grupo o un individuo depende de la forma en la que un discurso crea una realidad. Tal como lo demostró Milgram en su experimento (2002) todos somos capaces de electrocutar a una persona si se nos pide adecuadamente. Se puede convencer a una persona de cometer actos que considera inmorales si hay un experto que le diga que son necesarios y usando procedimientos de enseñanza adecuados, además, de esta forma, se elude la responsabilidad. Así que cualquiera puede ser un torturador o un héroe. No depende tanto de las diferencias individuales sino del contexto en el que se pueda encontrar, del discurso y de las normas que operan en este contexto.

Ludd, Hipermodernidad y neototalitarismo en tiempos de COVID-19

Ludd, Hipermodernidad y neototalitarismo en tiempos de COVID-19  
 
Hace poco más de un siglo, allá por el año 1811 y durante los cinco años posteriores, Inglaterra fue el escenario de una potente revuelta social conocida como la Rebelión de los Luditas —en alusión a su protagonista epónimo Ned Ludd— que destruyó parte de la novedosa maquinaria textil cuya instalación eliminaba puestos de trabajo y condenaba a la miseria parte de la población. Miles de soldados fueron necesarios para aplacar la insurgencia que, lejos de obedecer a motivaciones tecnofóbicas, se enmarcaba en el ámbito laboral y pretendía oponerse a las consecuencias más lesivas de los “progresos” de la explotación capitalista.
Hoy resulta imprescindible “reinventar” ese tipo de revuelta, desplazándola desde el ámbito de las reivindicaciones meramente económicas al ámbito, más directamente político, de las luchas por la libertad y contra el totalitarismo de nuevo cuño que se está instalando desde hace ya algún tiempo, y que encuentra en la presente crisis de la COVID-19 abundante carburante para acelerar su desarrollo.

Desplazarla del ámbito económico no implica desestimar al capitalismo como enemigo principal porque el totalitarismo de nuevo tipo al que hago referencia constituye una pieza absolutamente fundamental de la nueva era capitalista alumbrada por esa enorme innovación tecnológica que fue, y que sigue siendo, la revolución digital.

Al igual que ocurrió con la Rebelión de los Luditas, tampoco esta imprescindible revuelta descansa sobre motivaciones tecnófobas, sino que tiene la reivindicación de libertad y de autonomía como principal acicate, desde la clara conciencia de que, si no conseguimos parar los avances del nuevo totalitarismo, las posibilidades de lucha y de resistencia contra la dominación y la explotación quedarán, o bien anuladas, o bien reducidas a la insignificancia.

Resulta superfluo relatar aquí el conjunto de instrumentos y de procedimientos de vigilancia que ya están funcionando a gran escala, o que se están empezando a implementar; la información al respecto es abundante y esta al alcance de todos. También resulta prescindible el relato de las luchas que se desarrollan frente a la expansión y a la generalización del control social. Estas son bien conocidas y van desde las actuaciones de los hackers, hasta los sabotajes de las antenas 5G, pasando por las prácticas de dejar el móvil en casa y de desengancharse de su uso, hasta las actividades más colectivas que consisten en construir redes locales y comunitarias.

Sin embargo, sí me parece conveniente recalcar la continuidad que subyace en los cambios experimentados por el sistema económico, al menos en occidente, desde que la razón científica fue creando las condiciones para que las técnicas, en manos de productores y de artesanos, se transformasen en tecnologías cuyo uso sobrepasaba el tamaño y las capacidades de las entidades locales y se integraba tanto en el sistema productivo a mayor escala como en las estructuras de poder estatales.

Es esa estrecha vinculación entre razón científica, tecnologías y estructuras de poder, económicas y políticas la que corre a través de toda la historia de la Modernidad y del capitalismo y la que da cuenta de esa Hipermodernidad donde la revolución digital fortalece la vinculación entre las tres entidades que he mencionado. Eso impulsa una transformación del capitalismo, convertido ahora en un capitalismo digital y en un capitalismo de la vigilancia, que avanza hacia un totalitarismo de nuevo tipo en la esfera política. A diferencia de anteriores regímenes totalitarios son los propios sujetos quienes proporcionan constantemente, mediante todos y cada uno de sus comportamientos, los elementos que posibilitan su sujeción integral. Es su propia vida la que nutre los dispositivos de control y de normalización en un entorno sin exterioridad que no tiene la represión sino la incitación como primera herramienta.

La COVID-19 ha venido a dar alas al desarrollo de sofisticadas medidas de control social gracias a la demanda de bioseguridad suscitada por el temor de la población ante los riesgos biológicos. Lo ocurrido desde la declaración de pandemia y posterior decreto de excepción, concretado en el Estado español en la fórmula de estado de alarma, deja pocas dudas a que buena parte de las personas no solo no se opondrían, sino que aceptarían de buen grado ser vigiladas y someterse voluntariamente al imperativo de autovigilarse para prevenir la enfermedad.

Este coronavirus anticipa, asimismo, la más que probable sucesión de nuevas pandemias de parecido o mayor peligro. Sin duda, el riesgo biológico forma parte de la propia condición humana, aunque su probabilidad de acontecer y sus consecuencias se ven favorecidas por las actuales condiciones de vida. Enormes aglomeraciones humanas hacinadas en ciudades gigantescas, una globalización que propicia constantes y veloces intercambios mercantiles a nivel planetario, medios de transporte que favorecen incesantes flujos poblacionales, reducción de las inversiones en los servicios sanitarios públicos y, por supuesto, degradación medioambiental.

Vale la pena subrayar que el último de los factores que he citado es tan solo uno más y, probablemente, no el más importante entre los que favorecen las pandemias. Eso no quiere decir que no haya que luchar contra los riesgos medioambientales, pero la excesiva focalización sobre ellos puede contribuir a enmascarar la mayor y más inmediata amenaza ligada al riesgo biológico, y desviar la atención de los avances del neo-totalitarismo obviando que, si no logramos parar la amenaza totalitaria que toma impulso en las amenazas biológicas, ni siquiera podremos seguir luchando contra la degradación del planeta.

Han transcurrido ya unos cuarenta años desde que Michel Foucault avanzó el concepto de biopoder para caracterizar la nueva modalidad de gubernamentalidad articulada por el neoliberalismo, y parece que la gestión de la vida, la bioseguridad, y el control de las poblaciones a los que entonces se refirió han pasado a ocupar un lugar preferente en la agenda del capitalismo digital propio de nuestra Hipermodernidad.

El nuevo totalitarismo tiene a su disposición todo el arsenal de control social proporcionado por la tecnología digital, a la vez que esa misma tecnología le abre el inmenso campo de la ingeniería genética. Si relacionamos riesgos biológicos, biopoder, capitalismo digital, biotecnologías y neo-totalitarismo resulta fácil intuir que uno de los efectos de las pandemias consistirá en predisponer las poblaciones a aceptar, más pronto que tarde, la intervención biogenética para hacernos “resistentes” a los coronavirus y otras plagas víricas. Eso no ocurrirá mañana, claro, sino en un lejano futuro distópico donde el transhumanismo posibilitará la modificación “racional” de la especie humana. He dicho “lejano”, sin embargo, al ritmo al cual van las cosas, ese futuro quizás no se haga esperar si no conseguimos torcer el rumbo.

Por suerte, la larga historia de la humanidad nos enseña que siempre han permanecido bolsas de resistencia y energías insumisas que han sabido promover prácticas de libertad hasta en las situaciones mas inhóspitas. Son esas prácticas y las luchas que alientan las que permiten albergar cierto optimismo… a pesar de todo.

Tomás Ibáñez

El buque de los necios

EL BUQUE DE LOS NECIOS.
Una parábola políticamente incorrecta.

Érase una vez un capitán y sus oficiales que se volvieron tan presumidos, tan llenos de arrogancia y tan pagados de sí mismos, que se volvieron locos.
Pusieron rumbo al Norte hasta encontrarse con icebergs y témpanos peligrosos y, a pesar de ello, mantenían la misma dirección adentrándose cada vez más en las gélidas y temibles aguas, únicamente para darse el gusto de demostrar su pericia en tan temeraria navegación.
Como quiera que el barco se acercaba más y más al Norte, los pasajeros y la tripulación mostraban cada vez mayor inquietud, y comenzaron a debatir entre ellos y a quejarse de sus condiciones de vida.
-¡Que me zurzan si este no es el peor viaje que he realizado en mi larga vida de marino! La cubierta está resbaladiza por el hielo; cuando estoy de vigía, el viento helado me introduce el frío hasta los huesos; cada vez que tengo que arriar velas, se me congelan los dedos, y todo por cinco miserables chelines al mes.
-¡Tú te crees que estás mal! ¿verdad? ¡Yo por el frío no puedo ni dormir ya que en este barco a nosotras no nos dan las mismas mantas que a los hombres! -le espetó una pasajera. ¡Es una injusticia!
Un marinero mejicano exclamó: -¡Hijo de la gran chingada! A mi sólo me dan la mitad de sueldo que le dan a los gringos y, encima, la comida que me sirven es menos que la que dan a un anglo, con la falta que me hace para mantenerme mínimamente caliente aquí y, lo peor de todo, es que siempre nos dan las órdenes en inglés, en vez de en español.
-¡Yo tengo más razón que nadie para quejarme! exclamó un marinero indio. Si los rostros pálidos no nos hubieran robado nuestras tierras y riquezas ancestrales, no estaría ahora en este barco en medio de vientos árticos e icebergs. Estaría en una canoa remando en un plácido lago. ¡Merezco una compensación! Como mínimo, el capitán debería dejarme organizar unas partidillas de dados para ganar algún dinero.
Habla el contramaestre diciendo: -¡Ayer el segundo oficial me llamó marica! Sólo porque a mí me guste chupar pollas, no es razón para que me insulten.
-¡No sólo los humanos sufren maltrato en este barco! -dijo con indignación un pasajero amante de los animales. Sin ir más lejos, la semana pasada vi al tercer oficial darle dos patadas al perro del barco.
Uno de los pasajeros, que era profesor de Universidad, retorciéndose las manos, exclamó: ¡Todo esto es terrible! ¡Es inmoral! ¡Es racismo, sexismo, crueldad, homofobia y explotación de los trabajadores; es discriminación! ¡Necesitamos justicia social! ¡igualdad para el marinero mejicano, sueldos más altos, compensaciones para el indio, igual trato para hombres y mujeres, derechos formales para chupar pollas y no más patadas al perro!
-¡Sí! ¡Sí! -gritaron todos los pasajeros -¡Ahí, ahí! -gritaba la tripulación. -¡Es discriminación! ¡Tenemos que demandar nuestros derechos!
El grumete carraspeo: -¡Todos tenéis buenas razones para quejaros! Pero a mí me parece que lo que tenemos realmente que hacer es dar la vuelta y dirigirnos al sur, porque si seguimos este rumbo tarde o temprano seguro que naufragaremos y, entonces, tus salarios, tus mantas y tu derecho a chupar pollas no valdrán para nada porque nos ahogaremos todos.
Pero nadie le hizo el menor caso, porque sólo era un grumete.
El capitán y sus oficiales que desde el castillo de popa habían estando escuchando y observando la escena, ahora sonreían y se guiñaban el ojo.
El capitán hizo un gesto al tercer oficial, y éste bajó del castillo de popa hasta donde se encontraba la tripulación y pasajeros, mezclándose con ellos con un andar chulesco. Poniendo una expresión seria rompió a hablar.
-Nosotros los oficiales hemos de admitir que han ocurrido hechos inexcusables. No nos habíamos dado cuenta de la gravedad de la situación hasta no haber oído vuestras quejas. Somos gente de buena fe y queremos ser justos con vosotros ¡pero, como sabéis, el capitán es un poco conservador y quizá habría que pincharle un poco para poder conseguir algún cambio sustancial! En mi opinión si protestáis contundentemente, siempre que sea pacíficamente, podremos mover al capitán de su inercia y forzarle a afrontar los problemas de los que tan justamente os quejáis.
Después de haber dicho esto, el tercer oficial se dirigió al castillo de popa. Mientras se alejaba, los pasajeros y la tripulación le gritaban: ¡Moderado! ¡Reformista! ¡Neoliberal! ¡Lacayo! Pero aun así, hicieron lo que él les dijo.
Los pasajeros se juntaron frente al castillo de popa y entre gritos e insultos, demandaron sus derechos a los oficiales.
-¡Yo quiero recibir órdenes en castellano!- gritó el mejicano.
-¡Demando mi derecho a poder organizar partidas de dados! -gritó el marinero indio. -¡Quiero que me dejen de llamar marica! -exclamó el contramaestre. -¡Que dejen de dar patadas al perro! -gritó el amante de los animales -¡La revolución ahora! -chilló el profesor.
El capitán y los oficiales, se reunieron y deliberaron durante varios minutos, guiñándose el ojo, asintiendo con la cabeza, sonriéndose unos a otros todo el rato.
A continuación, el capitán se dirigió a la barandilla del castillo de popa y con grandes muestras de benevolencia anunció que al mejicano se le subiría a dos tercios del sueldo de los anglos y la orden de arriar velas se la darían en castellano, las pasajeras recibirían una manta más, que el marinero indio podría organizar partidas de dados los sábados a la noche, que al contramaestre no se le llamaría marica si chupara pollas en la intimidad y nadie podría dar patadas al perro, excepto si roba comida.
Los pasajeros y la tripulación celebraron estas concesiones como una gran victoria, pero a la mañana siguiente volvieron a estar insatisfechos.
¡Seis chelines al mes es poco dinero! Cada vez que arrío velas se me congelan los dedos -refunfuñaba el marinero. ¡Y todavía no gano lo mismo que los anglosajones, ni me dan suficiente comida para este clima -se quejó el marinero mejicano. ¡Las mujeres no tenemos mantas suficientes! -dijo una pasajera. Los otros miembros de la tripulación y pasajeros protestaban de forma similar y el profesor les azuzaba.
Cuando habían finalizado sus quejas, el grumete tomó de nuevo la palabra y hablando en alto, para que el personal no pudiera no darse por enterado dijo:
¡Es terrible dar patadas al perro, porque robe un poco de comida de la cena, y el que las mujeres no tengan igual número de mantas o que al marinero se le congelen los dedos, y no veo por qué el contramaestre no puede chupar pollas si le da la gana, pero: ¡mirad cuántos icebergs hay ahora! Y cómo sopla cada vez más el viento. ¡Tenemos que dar la vuelta e ir hacia el Sur, porque como sigamos al Norte seguro que naufragaremos y moriremos ahogados.
-Sí, sí -dijo el contramaestre. ¡Es terrible que sigamos al Norte, pero ¿por qué tengo que chupar pollas en el armario? ¿por qué me llaman marica? ¿acaso no soy igual que los demás?
-Seguir al Norte es terrible, es precisamente por eso que las mujeres necesitamos más mantas ¡ahora!
-Es verdad! -dijo el profesor- yendo al Norte nos ponen en dificultades, pero cambiar el rumbo al Sur no sería realista. ¡No se puede dar la vuelta al reloj!. ¡Tenemos que buscar una forma madura de enfrentarnos a la situación!
¡Mira! -dijo el grumete- si dejamos en el castillo de popa a esos cuatro locos seguir con lo suyo, nos ahogaremos todos, pero si sacamos el barco del peligro, podremos preocuparnos después de las condiciones de trabajo, las mantas para las mujeres y el derecho a chupar pollas, aunque primero tenemos que dar la vuelta al barco. Si nos juntarnos algunos y preparamos un plan de acción con coraje, podremos salvarnos; no haría falta mucha gente: con seis u ocho lo podríamos llevar a cabo. Podríamos tomar el castillo de popa, echar a esos colgados por la borda y dirigir el barco al Sur.
El profesor levantó su nariz y dijo severamente-. -¡No creo en la violencia! ¡Es inmoral! -No es ético utilizar la violencia jamás -dijo el contramaestre. -¡Desconfío del uso de la violencia! -dijo una pasajera.
El capitán y sus oficiales habían estado observando toda la escena, y a una señal del capitán, el tercer oficial volvió a bajar a cubierta, y mezclándose entre los pasajeros, dijo: Todavía quedaban muchos problemas en el barco, hemos logrado importantes avances. Pero aún siguen siendo duras las condiciones de trabajo para los marineros, el mejicano no gana todavía igual que los anglosajones, las mujeres aún no tienen las mismas mantas que los hombres, el derecho a poder organizar partidas de dados los sábados es, ciertamente, una pobre compensación por el robo de las tierras a sus antepasados, es injusto que el contramaestre deba chupar las pollas en el armario y que el perro se sigua llevando patadas de vez en cuando. Creo que hay que presionar un poco más al capitán. Sería de gran ayuda si hicierais otra protesta, siempre que ésta no sea violenta.
Mientras el tercer oficial volvía al puesto, todos le insultaban pero, al final, hicieron lo que éste propuso.
El capitán, una vez escuchadas sus quejas, se reunió con sus mandos en conferencia, durante la cual se guiñaron el ojo y sonrieron abiertamente; entonces se fue hacia la barandilla del castillo de popa y anunció que a los marineros le darían guantes para mantener las manos calentitas, el mejicano recibirla tres cuartas partes del salario de los anglosajones, a las mujeres se les entregaría otra manta más, al marinero indio le dejarían organizar partidas de dados los sábados y domingos y al contramaestre le dejarían chupar pollas en público a partir de¡ anochecer y nadie podría darle patadas al perro sin un permiso especial del capitán.
Los pasajeros y la tripulación quedaron extasiados con esta gran victoria revolucionaria, pero a la mañana siguiente, de nuevo se sintieron insatisfechos y comenzaron otra vez a quejarse de lo de siempre.
Entonces, el grumete empezó a irritarse y les grito:
¡Malditos necios! ¿no veis lo que hacen el capitán y sus mandos? Os tienen ocupados con vuestras quejas triviales de mantas, salarios, mamadas y el pobre perro, para que no penséis que lo que realmente va mal en este buque, es el hecho de que cada vez vayamos más al Norte y que todos moriremos ahogados. Si únicamente alguno de vosotros despertarais y atacásemos juntos el castillo de popa, podríamos virar en redondo y salvarnos. Pero lo único que hacéis es quejaros de cosas banales como el juego de los dados, chupar pollas o las condiciones de trabajo.
¡Banales! -gritó el mejicano. ¿Tú crees razonable que yo cobre un cuarto menos de salario que un gringo?, ¿es eso insignificante? -¡Cómo puedes llamar a mi queja algo trivial! -gritó el contramaestre. ¡No sabes lo humillante que es que te llamen maricón. -¡Pegar al perro una cosa sin importancia! -espetó el defensor de los animales. ¡Es cruel, inhumano! ¡Brutal!
¡Vale pues! -dijo el grumete. Estos problemas no son insignificantes ni triviales; pegar al perro es cruel y brutal, y es realmente humillante que te llamen maricón, pero la magnitud de nuestro problema principal, el hecho de que el barco cada vez vaya más al Norte, hace que estas quejas se conviertan en insignificantes y triviales. ¡Porque si no damos la vuelta al buque todos moriremos ahogados!
-¡Fascista! -le llamó el profesor. -¡Contrarrevolucionario! -le gritó la pasajera.
Y todos los demás pasajeros y miembros de la tripulación comenzaron a tachar al grumete de fascista y contrarrevolucionario y echándole a un lado, siguieron hablando de salarios, igualdad de mantas, derechos a hacer mamadas en público y de los malos tratos al perro. Mientras tanto, el barco, que seguía rumbo al Norte, después de un breve lapso quedó atrapado entre dos icebergs, muriendo todos ahogados.

Ted Kaczynski

La mayor pandemia: la obediencia

Hoy más que nunca sufrimos una pandemia que afecta a la mayor parte de la humanidad:

LA OBEDIENCIA.

Y esa obediencia, es la que cree a ciegas todo lo que dice el poder, se llame como se llame o tome la forma que sea, médicxs, organismos de la salud (OMS) y demás organizaciones fundadas y financiadas por dueños y/o amigxs, inversores de farmacéuticas o del complejo tecnológico-industrial – militar; hablamos de la ciencia, de la tecnología y un largo etcétera de supuestas ventajas de la sociedad civilizada, que lejos de hacernos libres e independientes, nos hacen cada vez más inútiles y dependientes.

En estos días, más que nunca es necesario tener una mente clara, y ser críticxs ante toda la información con las que nos bombardea el enemigo: Somos peones dentro de sus juegos de poder y sus guerras de facciones, en las que usarán una “guerra biológica” “soltando” un virus modificado en laboratorio, o aprovecharse y dejando que se expanda una enfermedad (o falseando sus datos) para usarlo en su provecho en pos del control social, y vendernos cómo solución una perdida masiva de nuestras ya paupérrimas “libertades”.

Había crisis económica, el capitalismo hace aguas. No hay más que hacer un análisis del último año para entender cómo se impulsan ciertos proyectos: La cumbre contra el cambio climático (asumida y mediatizada por el sistema), en la que fundamentalmente se quejaban de las emisiones de Co2, como si no existieran otro tipo de emisiones perjudiciales y cero aprovechables para el planeta (recordemos que las plantas se alimentan de Co2), como el aumento del extractivismo (sacar minerales y metales de las montañas para hacer las baterías o elementos de electrónica para los dispositivos móviles, tablets y ordenadores) para realizar antenas de 5G, los coches y medios de locomoción eléctricos invadiendo nuestras ciudades, la tecnología 5G, el pico del petróleo en 2020, el del fósforo, la agricultura y ganaderías industriales… Un año marcado por los conflictos sociales, casi a nivel mundial, en los cuáles el marco común ha sido la demonización de la violencia empleada por la gente que participaba en dichas luchas (degradándoles a “infiltradxs policiales” incluso), el carácter antipolicial que se mascaba en estas luchas y una fuerte represión por parte de la polícía y los militares.

Ahora nos obligan a estar encerradxs en muchos puntos del planeta…No vaya a ser que esta crisis económica y el circo que tienen montado se desmantele y queramos salir a las calles. Nos obligan a “teletrabajar” (quien pueda), hacer deporte con youtube, mirar las noticias y someter a tu cerebro a un proceso de lavado mental… ¿pero qué mierda es esta y a dónde nos queréis llevar?

A diferencia de la masa borrega, Hay gente que no ha creído nunca en vosotrxs y ahora menos que nunca: contra la OMS (y sus titiriteros bill gates, rockefeller, china y compañía), sus medidas, y sus proyectos de control. contra todos los estados, que defenderán siempre sus propios intereses y nunca los del “populacho”. Contra la tecnología que nos aliena y destruye día a día y que devasta la tierra, y contra la ciencia, nueva religión del s xxi. sólo traéis misería, no queremos nada vuestro. sois basura.

Ni confinamiento, ni test, ni vacunaciones.

La economía quiebra, hoy más que nunca dejemos de depender de ella.

POR UNA SALUD INTEGRAL, SIN INTERMEDIARIOS Y COLECTIVA.

EL ÚNICO SISTEMA QUE QUEREMOS ES EL INMUNITARIO.

Luchemos por él, contra el “virus” , los valores autoritarios y capitalistas.

¡¡¡TOMEMOS LAS CALLES!!!

Terra indomita

Terra indomita nace con el objetivo de aportar materiales para la reflexión (noticias, artículos, publicaciones, etc,) que ayuden a combatir la civilización y todas sus perversas creaciones: sociedades, estados, economías, tecnologías, ciencias… y otros obstáculos para el libre desarrollo tanto individual como colectivo.

Porque no nos tragamos el cuento de que las autoridades saben cuál es nuestro bien y aunque lo supieran, hemos de ser nosotr@s quienes hagámos nuestro camino.

No nos tragamos el cuento de que la ciencia nos mejora la vida, porque nos la está arruinando y está acabando con el planeta. Y quien no lo quiera ver sencillamente es  un fanático, un ingenuo o tiene el síndrome de Estocolmo.

Por una naturaleza libre y salvaje.